Hay algo que no se dice en voz alta porque todavía duele, pero lo pensamos todos mientras miramos la lista de convocados, los últimos partidos y la cara de Bielsa como si estuviera resolviendo una ecuación en japonés: no hay clima de Mundial.
Y no es porque el Mundial se juegue en Estados Unidos, México y Canadá. No es porque ahora entren 48 selecciones y parezca que clasificó hasta el equipo del almacén de la esquina. No es porque el fútbol moderno tenga más cámaras que una sucursal bancaria. No. En Uruguay no hay clima de Mundial por algo mucho más simple y más uruguayo: estamos yendo con una mezcla rara de esperanza vieja, bronca nueva y resignación de domingo de lluvia.
Encima, Bielsa dejó afuera a Luis Suárez y a Nahitan Nández de la lista mundialista, dos ausencias que generaron ruido porque Suárez había mostrado disposición a volver y Nández venía siendo parte del proceso con Uruguay. Y ahí empezó la depresión colectiva. Porque una cosa es ir al Mundial con dudas. Otra cosa es ir sin el tipo que, aunque esté jugando con una rodilla prestada y la otra con certificado médico, sigue siendo el único al que le cae una pelota sucia en el área y vos decís: “Capaz que esta la manda a guardar”.
No hay clima de Mundial porque falta el último bocado
El problema no es solo que no esté Suárez. El problema es lo que representa Suárez para el uruguayo. Suárez es ese jugador que no te garantiza estética, pero te garantiza quilombo. Y el uruguayo, seamos sinceros, no necesita que la jugada sea linda. Necesita que termine en gol, en rebote, en rodilla, en nuca, en un defensor llorando o en el arquero mirando para adentro del arco como quien perdió las llaves.
Hoy miramos el ataque de Uruguay y sentimos que falta alguien que tenga ese hambre de perro que se escapó de la casa. Hay jugadores rápidos, hay jugadores jóvenes, hay jugadores modernos, pero a veces parece que todos quieren hacer la jugada correcta, el pase correcto, el movimiento correcto. Todo muy prolijo. Todo muy de manual. Y nosotros no somos Suiza. Somos Uruguay. Acá el gol no siempre se construye: a veces se encuentra abajo de una baldosa, después de tres rebotes, un grito, una patada y un “¡seguí, seguí!” del banco.
Sin Suárez, queda esa sensación horrible de que puede haber centros, puede haber llegadas, puede haber “buenas intenciones”, pero no hay ese animal del área que olfatea sangre. Aunque sea para hacerlo entrar 15 minutitos para tener un rayito de luz de esperanza.
Y sin Nández, ¿quién corre por todos?
Después está lo de Nández. Y acá ya entramos en terreno sensible. Porque Nández no es solo un jugador. Nández es una actitud física. Es un pulmón con botines. Es ese compañero que en el minuto 88 corre como si hubiera dejado la garrafa prendida en la casa.
Podrás decir que no tiene el pie de Iniesta. Perfecto. Nadie lo estaba esperando para tocar el piano. Lo queríamos para levantar el escenario, para trancar con la cabeza, para meter huevo a cara de therian. Nández es de esos jugadores que quizás no salen en los resúmenes lindos, pero cuando no están, el equipo parece que se quedó sin batería.
Porque Uruguay históricamente no ganó por tener once bailarines de ballet con pelota. Uruguay ganó, compitió y molestó al mundo porque había tipos que corrían hasta el ómnibus del rival si era necesario. Y Nández representaba eso: el jugador que mete, que raspa, que contagia, que te hace creer que todavía queda algo por pelear aunque el partido venga torcido, el VAR esté buscando una uña adelantada y el árbitro tenga más protagonismo que el delantero.
Sin Nández, uno mira el mediocampo y piensa: “Sí, hay talento, hay nombres, hay jugadores importantes… ¿pero quién va a morder el tobillo simbólico del rival?”. Porque eso también es fútbol. No todo es presión alta, automatismos y mapas de calor. A veces el partido se gana porque uno entra con cara de pocos amigos y le avisa al contrario que hoy no vino a pasear.
Uruguay juega raro: corre mucho, asusta poco
El equipo de Bielsa tiene una cosa extraña: por momentos parece que está a punto de hacer algo tremendo, y por momentos parece que está practicando para un video institucional sobre esfuerzo colectivo. Corre, presiona, intenta, va, vuelve, ocupa espacios, achica, agranda, bascula, triangula… pero después llegamos cerca del área y se apaga la luz.
Es como preparar un asado espectacular, prender el fuego perfecto, salar la carne con cariño, poner la mesa, abrir la bebida… y darte cuenta de que compraste tofu.
Uruguay puede dominar tramos, puede jugar con intensidad, puede tener la pelota, puede empujar, pero al final uno queda con esa sensación de “¿y el gol?”. Porque el fútbol tiene muchas teorías, pero sigue siendo bastante bruto en lo esencial: hay que meterla adentro del arco. Y si no la metes, todo lo demás es literatura.
Ahí nace la desazón. No es que no queramos creer. Queremos creer. Somos uruguayos. Creemos hasta cuando no hay motivos. Hemos creído con equipos peores, con camisetas más feas, con laterales improvisados y con delanteros que parecían elegidos por sorteo. Pero esta vez cuesta. Porque el equipo no viene transmitiendo esa sensación de “cuidado, que estos te comen”. Transmite más bien un “cuidado, que estos capaz te presionan bien durante veinte minutos y después vemos”.
Vamos al Mundial, sí… pero con cara de excursión
El miedo del hincha uruguayo no es quedar eliminado. Eso puede pasar. El miedo verdadero es ir al Mundial a pasear. Ir a sacarse fotos con estadios enormes, a escuchar himnos, a ver drones, luces, ceremonias, pantallas gigantes, y después volver con la valija llena de “fuimos competitivos”.
No, hermano. “Fuimos competitivos” es la frase más peligrosa del fútbol uruguayo moderno. Es la forma elegante de decir “nos volvimos antes de tiempo pero con posesión decorosa”. Y Uruguay no puede vivir de posesión decorosa. Uruguay necesita incomodar. Necesita que el rival diga: “Qué país insoportable”. Ese es nuestro lugar en el mundo. No somos los más lindos, no somos los más ricos, no somos los más marketineros. Somos los que arruinan fiestas.
Pero para arruinar fiestas hay que tener algo más que plan. Hay que tener carácter. Hay que tener hambre. Hay que tener esa cosa uruguaya que no aparece en las estadísticas pero que el rival siente en la nuca. Y hoy muchos hinchas miran a la selección y se preguntan si eso está o si lo dejamos guardado en algún cajón junto con las camisetas viejas de Forlán, el gol de Maxi Pereira y las lágrimas de 2010.
Bielsa y el misterio de entender a Uruguay desde un pizarrón
Bielsa es un técnico serio, trabajador, obsesivo y respetado. Nadie puede decir que no sabe de fútbol. El tipo sabe muchísimo. El problema es que a veces parece que quiere explicarle el barro a una baldosa.
Uruguay no se entiende desde el pizarrón. Uruguay se entiende desde la garra, desde el “meté que son pasteles”, desde el zaguero que rechaza con la cara si hace falta, desde el nueve que te gana una pelota imposible porque la deseó más que el otro.
Y claro, cuando Bielsa toma decisiones como dejar afuera a Suárez y Nández, el hincha siente que le están sacando dos símbolos de esa forma de competir. Capaz tácticamente tiene una explicación. Capaz en su cabeza el equipo funciona mejor así. Capaz los números, los recorridos y los informes físicos dicen una cosa. Pero el uruguayo ve otra: ve que falta colmillo.
Porque hay jugadores que no se convocan solo por lo que hacen con la pelota. Se convocan por lo que provocan. Por lo que contagian. Por lo que obligan al rival a respetar. Y Suárez, aunque ya no sea el de antes, todavía genera eso. Nández, aunque no sea tapa de revista, todavía te prende fuego el partido.
El fútbol moderno nos está dejando sin grito
También hay algo más grande detrás de todo esto. El fútbol cambió. Antes el Mundial era una aparición sagrada. Los jugadores llegaban como mitos. Los veías cada tanto, en una figurita, en un resumen, en una foto borrosa. Hoy sabemos todo: qué comen, qué auto manejan, qué corte de pelo se hicieron, qué baile subieron, qué marca los viste y hasta qué cara ponen cuando llegan al aeropuerto.
Se perdió el misterio. Se perdió ese encanto de esperar cuatro años para ver a los monstruos. Ahora el fútbol es permanente. Hay partidos todos los días, debates todos los días, rumores todos los días, apuestas todos los días, polémicas todos los días. Y cuando llega el Mundial, en vez de sentir que empieza algo único, sentimos que continúa una maquinaria que nunca se apagó.
Infantino con el guiso ese de 48 selecciones al mundial, entraron países que no los conoce ni peteco... Todo bien con mejorar la cultura mundial conociendo nuevos países, pero yo me llevé geografía a exámen. A los dos días abandoné el álbum de figuritas, de quemado nomás... ¿Cómo voy a saber que Bosnia y Herzegovina son una sola selección? ¿Qué puedo saber eu de cómo es la bandera de Curazao?
Encima está el VAR. Antes gritabas un gol y listo. Ahora gritás un gol y quedas congelado como estatua de plaza, esperando que un señor en una cabina revise si el talón, el hombro, la pestaña o el pensamiento del delantero estaban adelantados. Cuando convalidan el gol, metés otro grito ya medio sin ganas, aunque en teoría, este segundo es el que se debería gritar más porque es el que vale. El primero puede que lo grites con toda la pasión, puede que el jugador meta un bailecito espectacular digno de Fort Nite en la cancha e incluso se saque la camiseta y se coma una amarilla, solo para darse cuenta de que fuimos todos engañados y que los rivales se nos están cagando de la risa en la cara por haber caído.
¿Y las canciones del mundial? Fua, tas loco, desde el 2010 que no aparece una como la gente. Las de Uruguay ni te digo con el ay ay ay ay ay Uruguay del Joaco de las Piedras, ¿pero la de la Shakira? ¿Dai Dai? ¿Le pediste al Chat GPT que te hiciera una letra parecida a la de Waka Waka y te salió Dai Dai? ¿Cuál hacés Shaki? Noseas mala. Hubieras hecho mi parodia de Waka Waka.
Pero lo peor es que igual vamos a mirar
Y acá está la cosa más uruguaya de todas: decimos que no hay clima, que vamos a pasear, que Bielsa se equivocó, que no hay gol, que falta huevo, que sin Suárez no hay mordida y sin Nández no hay pulmón… pero cuando juegue Uruguay vamos a estar todos mirando.
Vamos a putear antes, durante y después. Vamos a decir “yo ya sabía” si perdemos. Vamos a decir “cerrame la boca, Loco” si ganamos. Vamos a jurar que no nos importa, pero vamos a acomodar el horario, preparar el mate, mirar la previa y sufrir como siempre.
Porque eso tiene Uruguay: puede estar desilusionado, pero nunca indiferente. No hay clima de Mundial, es verdad. Pero capaz el clima aparece con un córner mal tirado, un rebote absurdo, un gol de rodilla, una atajada imposible o un partido ganado sin merecerlo, que es una de nuestras formas más puras de felicidad nacional. Yde última, es una excusa para faltar al trabajo.
Hoy estamos bajoneados. Hoy sentimos que falta Suárez, falta Nández, falta gol, falta rabia y falta ese fuego que hacía que Uruguay fuera más incómodo que trámite en oficina pública. Pero el Mundial tiene esa maldad hermosa: te hace creer de nuevo aunque hayas prometido no hacerlo.
Así que sí, capaz vamos a pasear. Capaz nos volvemos rápido. Capaz Bielsa tiene razón y nosotros somos unos nostálgicos insoportables. O capaz, solo capaz, aparece esa vieja camiseta celeste que no entiende de lógica, se mete entre los grandes, molesta, empuja y vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: arruinarle el plan a alguien.
Mientras tanto, no hay clima de Mundial. Hay mate lavado, ceño fruncido y una pregunta dando vueltas en todos los bares del país:
¿Quién la va a mandar a guardar? Que vuelva la celeste de antes. Andate Bielsa. Renunciá Infantino. Terminala Shakira. MFGA Make Fútbol Great Again.
Viva la selección, carajo! Viva!
Viva la selección, carajo! Viva!
Viva la selección, carajo! Viva!

0 comments:
Publicar un comentario